Barniz

A los nueve años, Violeta dibujaba pájaros en los márgenes de los cuadernos.

Los dibujaba de memoria y de oído: el jilguero de la ventana de la cocina, la paloma coja del parque, un pájaro azul que no existía en ninguna parte y que era su favorito precisamente por eso. Dibujaba apretando tanto el lápiz que los dedos se le manchaban de gris hasta el nudillo.

—No dibujes tanto, mija —le decía su madre, limpiándole las manos con un pañuelo húmedo—. Se te hacen feas las manos.

Su madre sabía de qué hablaba. Su madre sabía de concursos.

El primero lo ganó a los seis años, con un vestido que costó dos quincenas y un peinado que tardó tres horas. Aprendió a caminar sobre una línea de cinta adhesiva, a girar sin marearse, a sonreír con la boca cerrada primero y abierta después, según lo pidiera el jurado. Aprendió a posar años antes de aprender a conversar, porque nadie le enseñó lo segundo: en los concursos, a las niñas les preguntaban el nombre y la edad, y de ahí en adelante bastaba con brillar.

Su padre las abandonó un domingo de agosto, sin gritos, sin golpes, sin escándalo. Simplemente ya no estuvo. Lo último que Violeta le vio hacer fue aplaudirle desde la tercera fila del salón municipal, de pie, con esa cara de orgullo que ponen los hombres en las graduaciones ajenas. Después, el pasillo, la puerta, agosto.

No desapareció del todo; eso habría sido más fácil. Cada cumpleaños llegaba un regalo por paquetería —siempre un vestido, siempre de la talla anterior— y cada dos o tres años una llamada corta, con ruido de carretera al fondo:

—Mi princesa sigue preciosa, me contaron.

Nunca: qué estás leyendo. Nunca: qué piensas. Nunca: qué dibujas. Violeta contestaba que sí, que seguía preciosa, porque entendió muy pronto que ese era el único idioma en que su padre sabía preguntarle si estaba viva.

La madre completó la lección una noche, frente al espejo del tocador, mientras se quitaba el rímel con movimientos de cirujana:

—Tu papá se fue porque yo me dejé de arreglar. A ti no te va a pasar.

Violeta tenía once años. Esa semana dejó de dibujar pájaros. Nadie se lo pidió; ella sola entendió que las manos manchadas de gris no ganaban concursos, y que los concursos eran la tercera fila, y que la tercera fila era el amor.


Creció como crecen los escaparates: hacia la luz.

A los veinte ya sabía que su valor tenía etiqueta y que la etiqueta subía si no se le veía el esfuerzo. Pasó de un hombre a otro como se pasa de vitrina, cada uno más alto que el anterior: el dueño de los gimnasios, el notario, el diputado suplente, el empresario del acero. Ninguno le preguntó dos veces por su infancia. Todos la renombraron: uno le decía “muñeca”, otro “reina”, el del acero la presentaba en las cenas solo como “mi mujer”, con el mismo gesto con que señalaba el reloj. Violeta coleccionaba esos nombres y esos precios como certificados: cada cero a la izquierda era una fila más cerca de la tercera.

A Andrés lo conoció en el bar del hotel Continental, donde él tocaba el piano de nueve a doce por un sueldo que le daba para rentas atrasadas y cigarros. No era guapo ni sabio ni bueno del todo: era un divorciado de cuarenta años con los dedos manchados de nicotina, un orgullo fuera de presupuesto y la costumbre de burlarse de los clientes por lo bajo. Pero la primera noche hizo algo que ningún hombre había hecho en veinte años: le preguntó su nombre.

—Violeta —dijo ella, esperando el comentario de siempre sobre las flores.

—¿Y qué piensas, Violeta? —dijo él, encendiendo un cigarro—. De lo que sea. Llevo toda la noche viéndote posar y me dio curiosidad si hay alguien en casa.

Debió ofenderse. En cambio, volvió el jueves siguiente. Y el otro. Andrés le hablaba mal del mundo, le contaba mentiras a medias sobre su exesposa, le pedía dinero prestado sin pena y se lo pagaba con canciones. Una madrugada, ya con el bar vacío, le tomó las manos —esas manos de manicura perfecta, hechas para lucir anillos— y las puso sobre el teclado.

—Tienes dedos largos. Te enseño. En un año tocas algo decente, en dos tocas algo tuyo.

Violeta miró sus manos sobre las teclas. Y sintió, físicamente, el pañuelo húmedo de su madre limpiándole el gris de los nudillos.

Esa semana, sentada en su tocador, aplicándose la segunda capa de esmalte —un rosa perla que se llamaba, sin ironía, Eterna—, le dio la respuesta sin mirarlo, soplándose las uñas:

—Eso arruina las manos, Andrés.

No supo que estaba citando a su madre. Uno nunca sabe cuándo cita a su madre.

Al mes se fue con el empresario del acero, que le doblaba la edad y el presupuesto. Andrés no la buscó: el orgullo era de las pocas cosas que le quedaban completas.

La segunda oportunidad tocó a su puerta con dedal. Su tía Carmen, costurera, la única de la familia que la miraba a los ojos y no al vestido, le ofreció enseñarle el oficio: —Aprende a hacer algo con las manos, criatura. La belleza cobra renta, y un día te llega el recibo. —Violeta se rio con la risa de los concursos, la ensayada, y contestó que ella no había nacido para picarse los dedos. La ofensa era otra, más honda, y no la dijo: aprender un oficio era admitir que algún día no bastaría con ser vista. Era firmar su propia devaluación por adelantado.

La tercera oportunidad —la que importa, la que duele— llegó veinte años después, y hay que contarla despacio.

Violeta tenía cuarenta y siete. El mercado ya la había descontado dos veces: de esposa a novia, de novia a acompañante. Vivía en un departamento pagado por un señor que la visitaba los martes, y llenaba el resto de la semana con dietas, tratamientos y un espejo al que interrogaba cada mañana como a un socio que la estuviera estafando. Fue entonces que Andrés reapareció, por casualidad, en la fila de una farmacia: más viejo, más pobre, con el mismo cigarro y una tos nueva. Tocaba en un bar peor que el Continental. Se tomaron un café. Después otro, otra semana. Él no había mejorado: seguía quejándose del mundo, seguía debiendo dinero, seguía siendo un hombre pequeño y orgulloso. Pero le preguntaba qué pensaba. Todavía.

Una noche de octubre, en la banqueta del bar, se lo dijo sin adornos, porque no sabía adornar:

—Vente conmigo, Violeta. No tengo nada. Un cuarto, un piano rentado y esta tos. Vas a tener que trabajar, vas a tener que aprender algo, se te van a arruinar las manos. Pero te juro una cosa: nadie te va a volver a poner en una repisa.

Y luego, porque no sabía terminar un discurso sin cobrarlo:

—Treinta años. Todos te dijeron preciosa. Yo fui el único que te preguntó qué pensabas. Alguien tendría que llevar esa cuenta.

Violeta no durmió esa noche. La pasó entera sentada en su tocador, frente al espejo encendido, haciendo la única contabilidad que sabía hacer. De un lado: un cuarto, un piano rentado, una tos, unas manos arruinadas. Del otro: los treinta años invertidos, los vestidos, los hoteles, los apellidos, la etiqueta con su precio, todavía legible aunque ya con descuento. Aceptar a Andrés no era elegir un futuro. Era firmar un dictamen sobre el pasado: admitir que las tres décadas anteriores, la obra completa de su vida, la única obra que tenía, habían sido un error de inversión. Que su madre se equivocó. Que la tercera fila estuvo siempre vacía.

Hay gente capaz de firmar eso. Violeta no. A las siete de la mañana se aplicó la primera capa del día y le mandó un mensaje de cuatro palabras: “No nací para eso.”

Andrés no contestó. El orgullo, otra vez, completo.


La devaluación fue minuciosa, como son las devaluaciones: sin un solo día que se pudiera señalar como el día. Del señor de los martes pasó a las cenas de temporada; de las cenas, a los viajes cortos con caballeros que la presentaban como “una amiga”; de ahí, a la categoría más honesta y más cruel del mercado: la renta. Comidas caras, palcos, fines de semana con fecha de caducidad impresa. Ya nadie la compraba; la contrataban, como a los floreros de los banquetes.

Ella respondió con más barniz. Capa sobre capa: la cirugía, la dieta, el filtro, el esmalte Eterna del que compró doce frascos cuando supo que lo descontinuaban. En algún lugar había oído —quizá en un documental, quizá se lo inventó— que a los violines el barniz los protege, pero que si la capa es demasiado gruesa, la madera ya no puede vibrar: el instrumento brilla más y suena menos, hasta que solo brilla. Le pareció un dato inútil y no volvió a pensarlo. Hay datos que uno decide no volver a pensar.

En la bolsa, desde hacía años, cargaba una carta.

La había escrito una noche de enero, cuando una prima le consiguió por fin la dirección del padre: una ciudad del norte, una calle con nombre de héroe. La escribió de un tirón, la metió en un sobre, le puso estampilla. Y no la envió. Ni ese enero ni los siguientes. La cargaba de bolsa en bolsa, de mudanza en mudanza, como se carga un boleto de lotería que no se quiere cobrar: mientras el sobre estuviera cerrado, la tercera fila seguía siendo posible. Mandarla era arriesgarse a la única respuesta que no iba a sobrevivir.


Jorge llegó cuando el mercado ya casi la había retirado de circulación.

No era un pretendiente; era un coleccionista. Sesenta y tantos años, dinero viejo, un departamento que parecía sala de subastas: cuadros con placa, relojes en vitrinas, un jarrón chino con su certificado enmarcado al lado. La conoció en la cena de un socio, la observó toda la noche como se observa un remate, y a la semana le hizo una propuesta sin una sola palabra de amor, lo cual, a esas alturas, a Violeta le pareció un gesto de honestidad casi conmovedor: departamento, mensualidad, presencia en sus eventos. Ella entendió los términos porque eran los suyos: llevaba la vida entera redactándolos.

Y hay que decirlo: Jorge la trató mejor que nadie. No la manoseaba, no la prestaba, no la comparaba. La cuidaba con una devoción minuciosa, exactamente como se cuida lo que no se usa. En las cenas la sentaba a su derecha y la presentaba por su belleza, como quien enseña la firma de un cuadro; en el departamento le tenía reservado el sillón de la esquina, bajo una luz de acento —un aro cálido, cenital, instalado por un técnico— que Jorge mandó calibrar personalmente. “Aquí te ves perfecta”, le dijo, y era verdad: esa luz borraba diez años. Violeta aprendió a sentarse ahí por voluntad propia, a leer revistas ahí, a envejecer ahí, en el único rincón del mundo donde el espejo no cobraba. Le tomó meses darse cuenta de que era el mismo tipo de luz con que se iluminan los objetos de las vitrinas, y cuando se dio cuenta, decidió no volver a pensarlo. Hay datos que uno decide no volver a pensar.

Con Jorge no tenía que competir. Solo tenía que no despeinarse. Era su madre, con presupuesto.


La noche del bar fue un accidente, como casi todo lo importante.

Jorge estaba de viaje, en una subasta en otra ciudad. Violeta salió a caminar sin rumbo —costumbre nueva, de mujer que ya no es esperada en ningún lado— y la lluvia la metió en un bar de mala muerte por la calle de los talleres. Adentro olía a cerveza y a fritanga, y al fondo, en un piano vertical desafinado, con la tos más vieja y el mismo cigarro, estaba Andrés.

No hubo reproches. Andrés no era generoso, pero era práctico: los reproches no se pueden fumar. La vio parada en la puerta, empapada, con un abrigo que costaba más que el piano, y lo único que hizo fue arrastrar un banco junto al suyo y señalarlo con la cabeza.

Ella se sentó. Él empezó una canción vieja, de las del Continental. Y Violeta, que en cincuenta y tres años había posado en mil fotografías y no había sonado en ninguna, abrió la boca y cantó.

Cantó mal. Rotundamente mal. Entraba tarde, se le quebraba la voz en los agudos, confundió versos enteros y en el segundo estribillo se rio a carcajadas de sí misma, con el rímel corrido por la lluvia o por lo otro, y Andrés se rio con ella sin dejar de tocar, y ella respiró y volvió a entrar, peor, más fuerte, más viva. Y cuando la canción terminó, no hubo aplausos.

Ese es el punto: no hubo aplausos. Los cuatro parroquianos siguieron en lo suyo; el cantinero acomodó vasos limpios; la lluvia siguió en el techo de lámina. Solo la risa gastada de Andrés y el zumbido del refrigerador de cervezas. Y Violeta, en ese silencio sin jurado, sin tercera fila, sin nadie de pie, sintió por primera vez en su vida la cosa esa de la que hablaban las canciones. La música había sucedido de todos modos. No necesitaba testigos. Nunca los había necesitado; era ella la que no sabía.

En una servilleta, mientras Andrés tocaba la siguiente, dibujó un pájaro azul. Le salió torpe. Le salió.

Alguien del bar, un muchacho, la había grabado con el celular casi por accidente, porque la señora elegante cantando mal y muerta de risa era simpática. Subió el video sin etiquetas, sin nombres, sin ubicación. En una semana juntó ciento doce vistas.

Una de ellas fue de Jorge.


El algoritmo se lo sirvió un domingo, entre un anuncio de relojes y un remate de arte. Jorge reconoció el abrigo antes que la cara.

Lo que sintió no fue celos; para los celos hace falta amor, aunque sea del malo. Lo que sintió fue lo que siente un coleccionista cuando descubre que la pieza que exhibe en su sala, la que aseguró, la que iluminó, la que presentó en sociedad con su firma, anda sonando en un bar de talleres, gratis, despeinada, rayada, para nadie. No le dolió el hombre del piano. Le dolió el desperdicio: le habían dado a otros, sin costo, en un local con refrigerador de cervezas, lo único que él no había recibido a cambio de su inversión. Con él, Violeta posaba. Allá, Violeta sonaba. Alguien lo había estafado y necesitaba, con urgencia de auditor, saber quién.

Esa noche la esperó despierto, con el video abierto sobre la mesa, y le exigió cuentas en el idioma de las cuentas: lo que él había puesto, lo que ella había dado, el balance. Violeta escuchó el inventario completo de sí misma —el departamento, la mensualidad, los eventos, la luz calibrada— y cuando él terminó, por primera vez en cincuenta y tres años no bajó la mirada, y dijo la única frase enteramente honesta de su vida:

—Es que con él no tengo que ser bonita.

El video del bar dura un minuto cuarenta. Se corta de golpe, a mitad de una risa, porque al muchacho le entró una llamada.

Aquí también.


La prensa lo cubrió tres días. Ningún encabezado usó su nombre completo en la primera línea: la nombraron por su belleza, por su edad “aún espléndida”, por los apellidos de los hombres que la habían acompañado, como se lista la procedencia de una pieza en un catálogo. Un columnista de nota roja, sin advertir lo que escribía, tituló: “Pérdida total: el trágico final de una mujer de gran valor estético”. El sistema la despidió con el mismo formulario con que tasa los automóviles siniestrados.

El parte policial fue más breve. Pertenencias de la occisa: un reloj de oro. Tres anillos. Un teléfono con la pantalla rota. Doce frascos de esmalte de uñas, once sin abrir. Una servilleta de papel con el dibujo de un ave, sin valor aparente. Y una carta sin enviar, dirigida a un domicilio del norte, que el agente en turno abrió por protocolo y transcribió completa porque completa cabía en dos líneas:

“Papá: creo que ya no soy bonita. ¿Todavía me reconocerías?”

En el margen del papel, apretado hasta mancharse de gris, un pájaro azul dibujado a pluma.

La madre, ya muy anciana, pidió una sola cosa a la funeraria: que la maquillaran bien. La vistió por última vez como la vistió la primera, y ante el ataúd abierto los asistentes coincidieron, en voz baja, en que se veía preciosa. Era verdad. Siempre había sido verdad. Ese fue siempre el problema.

Y en un cuarto rentado por la calle de los talleres, Andrés no dio entrevistas ni publicó nada. Puso el video —un minuto cuarenta, ciento doce vistas, ahora ciento trece— sobre el atril del piano, donde se pone la partitura, y lo dejó correr. Ahí estaba ella: entrando tarde, quebrándose en los agudos, muerta de risa, volviendo a empezar. Sin barniz. Sonando.

Lo puso otra vez. Y otra. No como se oye a alguien: como se revisa una cuenta que por fin cuadra.

Es la única grabación en el mundo donde Violeta suena.

Todas las demás, miles, solo la muestran.

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